Curso: Ponle voz. Teatro para la creatividad
Con Verónica Largo
Crónica por Pilar Elvira
Hay fines de semana que terminan cuando vuelves a casa. Y hay otros que se quedan contigo durante mucho tiempo. Este ha sido uno de esos.
En La Casa de la Maestra, en Vilavedelle (Asturias), hemos vivido una experiencia difícil de describir con palabras. El curso «Ponle voz: teatro para la creatividad», dirigido por Verónica Largo, ha sido mucho más que un taller de teatro: ha sido un espacio para descubrirnos, expresarnos, reír, emocionarnos y atrevernos a mostrar aquello que muchas veces permanece escondido.
Verónica posee ese talento tan especial de hacer que todas participemos activamente. Con una enorme sensibilidad, respeto, cercanía y una energía contagiosa, nos ha guiado para que cada ejercicio tuviera sentido y para que cada una encontrara su propia voz. Ha sabido crear un ambiente de confianza en el que todas nos hemos sentido libres para experimentar, equivocarnos, jugar y crecer.
Lo más hermoso ha sido ver cómo, poco a poco, cada participante iba sacando lo mejor de sí misma. Hemos compartido miedos, risas, creatividad y mucha complicidad, convirtiéndonos en un grupo unido por el deseo de aprender y disfrutar del arte.
Me marcho profundamente agradecida por todo lo vivido. Ha sido un fin de semana inolvidable, de esos que alimentan el alma y te recuerdan el enorme poder transformador del teatro cuando está en las manos de una gran profesional y de una persona tan maravillosa como Verónica.
Si alguna vez tenéis la oportunidad de asistir a uno de los cursos que Verónica Largo imparte en Madrid o en cualquier otro lugar, no lo dudéis. Es una experiencia que recomendaría una y mil veces a todas las personas que amen el arte, la creatividad y el crecimiento personal.
Yo, desde luego, repetiré. Porque hay experiencias que no solo se viven… también dejan huella.
Crónica por Marlice Fernández
Hay lugares que no se limitan a ser un destino geográfico, sino que se convierten en un rincón dentro del alma. Eso es La Casa de la Maestra. Llegué allí sin imaginar que el verdadero viaje no sería sino hacia lo más hondo de mí misma.
El curso Teatro para la creatividad, impartido por Verónica Largo, resultó ser una experiencia profundamente transformadora, una suerte de catarsis colectiva y terapia sanadora.
En el teatro, a menudo caemos en el error de pensar que actuar consiste únicamente en adoptar máscaras ajenas. Verónica nos demostró desde el primer minuto una verdad tan antigua como incontestable: para ser alguien diferente sobre el escenario, primero es un imperativo categórico conocerse y escucharse a una misma. No se puede habitar un personaje si primero no se habita el propio cuerpo.
Uno de los mayores tesoros de estos días ha sido el factor humano. El curso congregó a un grupo de almas diversas, heterogéneas y fascinantes; mujeres con realidades dispares pero unidas por una misma vibración. Bajo el cielo asturiano, se tejió entre nosotras un clima de sostén absoluto, una red de seguridad invisible pero palpable donde el juicio no tenía cabida. Nos permitimos la vulnerabilidad porque sabíamos que el espacio era sagrado. Las lágrimas de emoción se entrelazaban, casi sin transición, con carcajadas limpias y liberadoras. Esas risas compartidas fueron, sin duda, el bálsamo más potente para el espíritu.
Nada de esto habría sido posible sin la profesionalidad y la sensibilidad de Verónica Largo. Su labor no fue la de una docente al uso. Ella posee un don extraordinario: una capacidad innata para entendernos, descifrar los silencios y adaptarse con una flexibilidad asombrosa al ritmo del grupo. Entre juegos dramáticos, improvisaciones, liberación corporal y juegos vocales… no impuso una agenda; esculpió el curso al compás de nuestras necesidades. Su mirada, libre de prejuicios y cargada de empatía, fue el faro que nos guio a través de nuestras propias luces y sombras.
Regreso a Madrid confirmando que el teatro, cuando se despoja de artificios, tiene una capacidad única para transformar las aulas y las almas. Gracias a Verónica, a mis compañeras y a la magia hospitalaria de La Casa de la Maestra por recordarme que a veces hay que pararse… y respirar.

